16 de junio de 1955

Ya de niño, cuando iba a suceder una muerte significativa en mi vida, caía un pájaro muerto desde el cielo. Esto empezó a mis siete años, con la muerte de mi abuelo Alfonso. Todos estaban en su pieza acompañándolo, y yo escuchaba: “El abuelo se está yendo”. Decidí entonces, sin ninguna razón evidente, irme al patio trasero de aquel caserón en Pergamino, recuerdo que había muy pocas casas en cada cuadra, lo que generaba grandes fondos de terrenos baldíos, muy poblados de plantas, arbustos y, en varios casos, árboles y frutales. No recuerdo por qué, pero tuve la necesidad de mirar hacia el cielo, miré y algo venía cayendo. Un pájaro bastante grande, que después supe era un carancho, pegó con fuerza en el pasto muy cerca de mis pies. Cuando entré a la casa para contarlo, todos me abrazaban y decían: “El abuelo murió”.

Seis años después me pasó algo parecido con el fallecimiento de la abuela, cuando fuimos a Pergamino la estaban velando en el living, todos rodeaban el cajón y sus cercanías, pero a mí me dio miedo y me fui a caminar. Ya había más casas en la cuadra y caminé hasta el arroyo. Me aproximé a la orilla a recoger piedras para hacer sapitos; primero miré hacia al cielo y algo caía, para terminar golpeando sin vida en el piso, al lado de mis piernas en cuclillas, un cardenal, me enteré después.

A mis dieciocho años, cuando murió el tío Raúl, estábamos en una cochería en el barrio de Flores, yo fumaba pero nadie lo sabía, y me fui a hacerlo a una plaza a un par de cuadras, sentado en un banco miré para arriba y venía algo hacia mí… era una calandria muerta que cayó desde cielo.

Hoy, quince años más tarde, la mañana ha empezado especial. Los rayos solares generan una bella luz que ingresa por la ventana del living. Me desperté temprano, varios pájaros cantaban un poco alterados en mi balcón, sobre la calle Venezuela; era muy extraño, siempre había sólo palomas, un montón de palomas y su aleteo constante. Salí al balcón y varios gorriones sin vida yacían en el piso… preocupado miré al cielo, pero por suerte ninguna otra ave cayó muerta cerca de mí…

Hoy es un día crucial, apenas pasadas las doce y treinta del mediodía me encontraré con Ágata, ella sabe que le voy a pedir matrimonio… me di cuenta cuando el domingo pasado la llamé por teléfono y le dije que tenía algo muy importante para decirle… ella quebró su voz, tartamudeó más de lo habitual y finalmente respondió: “Sísí, cla cla claa ro”. Yo, entonces, pregunté: “¿Sabés qué te quiero decir?

Unos segundos después de un silencio total, dijo: “Ima ima imagigino, pepero no qui qui quiquiero ilusiona narme de ma más…”

“Preciosa, el sábado nos vemos en nuestra esquina de Plaza de Mayo. Llegaré un poquito después de las doce y treinta”, le dije y colgué, no quería seguir usando prestado el teléfono de mi tía Lela, ese domingo que había ido a comer pastas a su casa.

Con Ágata nos habíamos conocido unos años atrás en el trabajo, primero me encantó su nombre y después toda ella. Vivía con su madre, una señora muy formal que no la dejaba nunca de controlar y demandar. Habían llegado de Tucumán en febrero de 1951, Ágata para trabajar en esta sucursal de Harrods, en la misma que yo estoy desde 1949 y en la que hace unos meses me cambiaron de horario, por lo que ya la veo muy poco en el trabajo. Y su madre sólo vino para acompañarla, para estar con ella… por costumbre… ya que jamás se han separado.

Nunca habíamos hablado hasta el día de la muerte de Evita, nos cruzamos en aquella multitudinaria despedida. Había tanta gente que parecía imposible encontrarse con alguien, pero nosotros nos chocamos sin querer… al darme vuelta para pedir disculpas, descubrí que era ella. Ágata lloraba y quien era su madre, supe después, tenía cara de enojada, me miró de arriba a abajo pero no me saludó, sólo tironeó del brazo de Ágata y siguieron su camino en medio de una inmensa caravana humana tras el féretro. Verla, simplemente, reparó milagrosamente la consternación profunda que yo sentía ante la muerte de Evita.

A partir de ese día la miré diferente, ya no sólo su nombre me gustaba.

Entre su timidez y la mía, pasó más de un año para que me animara a decirle algo… nos empujamos sin querer al ir apurados por uno de los pasillos, se rio pero no dijo nada, yo la invité a tomar un café después del trabajo. Me dijo sí con su cabeza. Todo el día estuve nervioso, tenso, pensando qué le iba a decir, de qué iba a hablar… transpiraban mis manos y no podía pensar en otra cosa…

Y llegaron las cinco de la tarde, fin de turno, comienzo de ir al bar, de comentar algo … Yo iba hablando de cualquier cosa y ella sólo respondía con gestos, hasta que no sé cómo pude decirle que a mí no me importaba que fuera tartamuda, que hablara sin hacerse problema, que yo la iba a entender y que no tenía ningún apuro para que terminara sus frases, que todo mi tiempo por venir era para ella… y me besó en la mejilla sin mediar palabras y descubrí que simplemente la amaba… ese pequeño beso generó una sensación tan placentera, alegre y confortable… que inmediatamente pensé: “Esto debe ser amor”.

Empezamos a salir y a vernos en secreto, dado que me contó sobre su madre y que sólo el casamiento la sacaría de su casa. Así pasaron casi dos años, generalmente nos encontrábamos en Plaza de Mayo, ella siempre iba a caminar por allí, le encantaba la zona y se conmovía con la Casa Rosada, ya de niña, en su Tucumán natal, si le preguntaban qué quería conocer, decía: “La Plaza de Mayo y la Casa Rosada”. Nuestro punto de encuentro pasó a ser la esquina de Defensa e Irigoyen. Hoy estoy decidido a decirle, en esa, nuestra esquina, que nos tenemos que casar.

De camino a la ansiada cita iba cantando: “Acaricia mi ensueño, el suave murmullo de tu suspirar. Cómo ríe la vida si tus ojos negros me quieren mirar. Y si es mío el amparo de tu risa leve que es como un cantar, ella aquieta mi herida, todo, todo, se olvida. El día que me quieras, la rosa que engalana se vestirá de fiesta con su mejor color. Y al viento las campanas dirán que ya eres mía, y locas las fontanas se contarán su amor.”

Algunos transeúntes me miraban sorprendidos, pues cantaba en voz alta. Ya eran las doce y treinta del mediodía y se oían aviones lejanos, había escuchado que la Armada y la Fuerza Aérea realizarían un acto y lanzarían flores desde el cielo o algo así…

Antes de cruzar la calle vi un micro escolar lleno de niños, que seguramente, se dirigían a la Casa de Gobierno a realizar una visita guiada…

Ahí la vi, a varios metros de distancia, en la esquina acordada, hermosa… y yo seguí cantando en voz alta para que ella escuche: “La noche que me quieras, desde el azul del cielo las estrellas celosas nos mirarán pasar. Y un rayo misterioso hará nido en tu pelo, luciérnagas curiosas que verán…”, y en ese mismo momento, con el ruido de los aviones muy fuerte dejé de cantar, oí un extraño silbido y escuché una explosión, era en el techo de La Casa Rosada… y luego otra y otra… sentí que tenía que mirar hacia el cielo, al levantar mi vista vi algo grande que caía… muy grande para ser un pájaro, pensé… y cayó muy cerca de Ágata… y explotó de manera terrible, espantosa… destrozó la calle, los vidrios, un auto y a ella…

A mí la onda expansiva me arrojó a un par de metros… y seguían cayendo bombas… bombas que destrozaban vidas, amores y canciones…

Alcancé a divisar el micro escolar en llamas… y antes de desmayarme o de morirme, recordé los gorriones tendidos muertos en mi balcón… … y lloré por Ágata… y por todos los demás…

Y sentí que debía mirar el cielo nuevamente… y ahí vi que caía algo oscuro… otra vez demasiado grande para ser un pájaro… hasta me pareció que su tamaño tapó un poco el sol, mientras se escuchaban gritos y tiros de metralla… y se olía humo, un pesado humo en medio de llantos y gritos desesperados…

Hasta que sólo un último zumbido tapó todos los otros ruidos… y una paloma blanca, en ese mismo instante, cayó acribillada sobre mi ensangrentado pecho.

Julio 2019

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